jueves, 27 de octubre de 2011

DUBLIN

CUARENTATRESMILES EN DUBLIN


Hace como un mes y medio de inactividad del blog.

En ese tiempo he tenido un par de intentos de subir al Soum, con resultado catastrófico -el tiempo lo ha impedido las dos veces- y de alguna cosa más, pero siempre me he encontrado de cara con los elementos.... así que, en consecuencia, tomé el primer avión que salía de Barajas y ..... acabé en Dublín.

Dublín, capital de Irlanda, cuna de escritores como Joyce, Swift, Stoker, Wilde y yo qué se cuanta gente más, incluido el Duque de Wellington, el que le dió cera a Napoleón en Waterloo..... pero también la capital de la cerveza negra, el whiskey -que no whisky-, los pubs con música folk en vivo, los parroquianos que te cuentan su vida a la sombra de una pinta ......

Ver Dublín, lo que se dice ver Dublín, lo vi.... a ratos. Los días pasaban entre pintas de Guinness, Smithwicks o Jameson -por no extenderme con los Whiskyes-.





El tiempo transcurría entre pubs, bares y restaurantes de comida irlandesa en los que, por cierto, comimos fenomenal. 





La actividad principal incluía una obligada visita a los pubs más famosos con música en vivo, como O'Donoghue's en el que los músicos tocan.... por la cerveza que se puedan beber. Aquí empezaron The Dubliners.


Fue realmente fantástico. Inolvidable la canción Wild Rover. Se vuelven locos.



Aquella noche comprobamos la famosa alegría y buen caracter de los dublineses... después de meterse entre pecho y espalda media docena de pintas.

Raymond, maestro y mecánico, dos hijos universitarios, se lleva mal con su mujer, tiene una casita en la Bretaña francesa y un hermano en Gran Canaria. Somos como hermanos.




Esa noche también descubrimos que nuestro inglés mejoraba considerablemente con la cerveza negra. Se acabaron las clases de inglés con Warren, mejor compramos más cerveza.

Cierto que hicimos algo de turismo tradicional. Vimos la destilería Jameson, la fábrica Guinness, una famosa whiskeria y muy al final, el Trinity por aquello de ver el libro de Kells y la carcel de Kilmainham. Eso sí, todo muy bonito.







Este ha sido un viaje de relax en una ciudad fantástica, con una gente amabilísima, con un tiempo que nos ha respetado y con carteles muy curiosos...


Una ciudad de la que nos ha costado volver.






 Bye Bye Dublin...

 

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